Patrick Ewing: el titán que sostuvo a los Knicks
CM y CC: Me gustan los deportes pero entre mis favoritos está la lucha libre mexicana, el básquetbol y la F1, ¡soy Checolover declarado!
Cada vez que Patrick Ewing se preparaba para lanzar su característico tiro en suspensión desde la línea de fondo, el Madison Square Garden contenía la respiración. Durante 15 años, él fue el corazón palpitante, el escudo y la espada de los New York Knicks. Un guerrero trágico de la era más física del baloncesto, considerado con justicia uno de los mejores pívots de la historia, cuya grandeza nunca necesitó de un anillo de campeón para ser validada.
De Kingston a la ‘Hoya Paranoia’
La historia de Patrick Aloysius Ewing no comenzó en las canchas de asfalto de Harlem o el Bronx, sino a miles de kilómetros de allí, en Kingston, Jamaica. Nacido en 1962, el cricket y el fútbol fueron sus primeros amores. No fue hasta los 12 años, cuando su familia emigró a Cambridge, Massachusetts, que el joven Patrick descubrió el baloncesto. Su crecimiento fue meteórico, tanto en estatura como en dominio del juego.
Su llegada a la Universidad de Georgetown en 1981 cambió el panorama del baloncesto colegial. Bajo la severa y protectora mirada del legendario entrenador John Thompson, Ewing se convirtió en el rostro de la ‘Hoya Paranoia’, un equipo caracterizado por una defensa asfixiante, un físico intimidante y un hermetismo casi militar ante la prensa. Ewing no solo bloqueaba tiros; destruía la voluntad de sus oponentes. Llegó a tres finales de la NCAA en cuatro años, coronándose campeón en 1984 ante los Houston Cougars de Hakeem Olajuwon, en lo que sería el primer capítulo de una rivalidad que definiría su carrera.
El mesías y el mito del ‘sobre congelado’
Para la primavera de 1985, la NBA sabía que el pívot de origen jamaicano era un talento generacional capaz de alterar el destino de una franquicia. La expectación era tan monumental que la liga instauró por primera vez el sistema de lotería del Draft para evitar que los equipos perdieran a propósito.
El 12 de mayo de 1985, el comisionado David Stern sacó del bombo el sobre con el logotipo de los New York Knicks. La ciudad estalló en júbilo. Fue un momento tan catártico y perfecto para el mercado más grande del país que, aún hoy, sobrevive la leyenda urbana del ‘sobre congelado’ o ‘doblado’, una teoría de conspiración que sugiere que la liga amañó el sorteo para asegurar que su nueva gran estrella aterrizara en la Gran Manzana. Mito o realidad, Ewing llegó a Nueva York con el peso del mundo —y de una franquicia históricamente disfuncional— sobre sus anchos hombros. En su primer año, a pesar de las lesiones que mermaron su participación, promedió 20 puntos y 9 rebotes, alzándose con el premio al Novato del Año.
La era de la furia y el muro de Chicago
Los años 90 transformaron a Ewing de estrella a deidad neoyorquina. Con la llegada de Pat Riley al banquillo en 1991, los Knicks adoptaron una identidad implacable. Eran los matones del Este, un equipo construido a imagen y semejanza de su líder: duro, trabajador y sin concesiones. Ewing era el ancla de una de las mejores defensas en la historia del baloncesto, flanqueado por escuderos como Charles Oakley y Anthony Mason.
A nivel individual, Ewing era imparable. No era el gigante torpe que muchos pívots defensivos solían ser. Poseía un repertorio ofensivo depurado, un gancho efectivo y un tiro de media distancia letal que resultaba imposible de taponar gracias a sus 2,13 metros de altura y la elevación de su salto.
Sin embargo, el destino de Ewing se cruzó en el tiempo con la mayor dinastía de la era moderna. Los Chicago Bulls de Michael Jordan se convirtieron en su muro de lamentaciones personal. Año tras año, los Knicks y los Bulls libraban auténticas batallas campales en los playoffs que definieron la década. Año tras año, Jordan encontraba la manera de romper el corazón de Nueva York. La rivalidad era pura sangre y fuego, y aunque Ewing siempre daba la cara (llegó a promediar casi 29 puntos en la temporada 89-90), el obstáculo número 23 parecía insuperable.
A un paso de la inmortalidad
La primera retirada de Michael Jordan en 1993 abrió la ventana de oportunidad que Nueva York llevaba años esperando. La temporada 1993-94 fue la obra cumbre de Ewing como líder absoluto. Cargó con el equipo hasta las Finales de la NBA en una extenuante marcha por los playoffs, enfrentándose finalmente a los Houston Rockets de su viejo conocido: Hakeem Olajuwon.
Aquellas Finales a siete partidos fueron un cruce de desgaste físico y mental. Ewing promedió 18,9 puntos, 12,4 rebotes y batió el récord de tapones en unas Finales, dejando cada onza de energía en el parqué del Madison y del Summit de Houston. Estuvieron a un solo tiro, en los segundos finales del sexto partido, de coronarse campeones, pero la mano de Olajuwon desvió el lanzamiento de John Starks. En el séptimo y definitivo encuentro, los Knicks colapsaron ofensivamente. Ewing vio cómo se le escurría el anillo entre los dedos.
Volvería a acariciar la gloria en 1999, cuando unos Knicks milagrosos llegaron a las Finales siendo el octavo clasificado del Este, pero el tendón de Aquiles de Ewing dijo basta en las Finales de Conferencia, obligándolo a ver desde el banquillo cómo los San Antonio Spurs se llevaban el título.
Un ocaso injusto y el legado del número 33
El final de su carrera fue un trago amargo. En el año 2000, un Ewing envejecido y lastimado por los innumerables minutos disputados fue traspasado a los Seattle SuperSonics y, posteriormente, terminó su carrera con un efímero paso por los Orlando Magic. Ver al número 33 enfundado en una camiseta que no fuera blanca, azul y naranja resultaba una imagen disonante, casi herética para los puristas del baloncesto.
No obstante, el tiempo se ha encargado de colocar a Patrick Ewing en su justo lugar. Fue incluido en el Salón de la Fama del Baloncesto en 2008 (y nuevamente en 2010 como parte del Dream Team de 1992) y nombrado uno de los 75 mejores jugadores de la historia de la liga.

Su legado no se mide en trofeos colectivos. Se mide en el respeto reverencial de sus compañeros y rivales. Se mide en las rodillas llenas de hielo después de cada batalla de 40 minutos. Patrick Ewing personificó la ética de trabajo de la clase obrera neoyorquina. Fue el Titán de la ciudad, un gigante que, aunque nunca llegó a ponerse la corona, construyó y defendió el castillo con su propio sudor durante década y media. El techo del Madison Square Garden, donde su camiseta número 33 cuelga para la eternidad, atestigua que Nueva York nunca tuvo, ni tendrá, un gladiador igual.